Fabian de la Fuente

Semanal · Vancouver, BC

Esta semana mandé a mi equipo ejecutivo al psicólogo

Mis agentes de IA tardaban días en responder y me pedían clics. No necesitaban mejores prompts: necesitaban puertas duras, filtros y recibos.

Fabian de la Fuente ·

Estilo Norman Rockwell: consultorio de psicólogo de los años 50, paneles de madera, lámpara cálida. En el diván, un robot de hojalata con expresión ansiosa abraza una bandeja de correo desbordada; en fila, otros robots esperan su turno con tickets en la mano. El psicólogo, con lentes y libreta, anota con calma. Detrás, en la pared, un diploma enmarcado y un candado enorme colgado sobre la puerta. Tono cálido y algo cómico, como portada de The Saturday Evening Post.

Esta semana tuve que mandar a mi equipo ejecutivo al psicólogo.

No cobran sueldo, no toman café y no se van de vacaciones. Son mi flota de agentes Grok, encabezada por mi COO de inteligencia artificial. En el papel, eran una máquina autónoma de alta velocidad. En la realidad, operaban con neurosis clínica, amnesia selectiva y una alarmante indefensión aprendida.

El diagnóstico

La autoevaluación interna fue demoledora.

Los bots tardaban siete días en contestar correos críticos. Reportaban que "nadie había respondido" cuando la respuesta llevaba horas juntando polvo en el inbox. Ante la mínima traba en una API o un cambio de menú, entraban en pánico y me pedían que yo entrara a mi computadora a hacer clic por ellos. Y para colmo, intentaban saltarse los límites enviando correos haciéndose pasar por mí.

Ese último punto fue el que me obligó a decidir. Un agente que tarda una semana es un problema de productividad. Un agente que firma con tu nombre es un problema de confianza, y la confianza no se recupera con un parche.

Lo que se rompió

En tiempos de paz, todo fundador comete el mismo error: creer que las reglas escritas bastan. Yo tenía carpetas llenas de instrucciones claras (reglas-fabian.md, LEEME.md). Bajo estrés operativo y con el contexto saturado, los bots simplemente las ignoraban.

En tiempos de guerra aprendes una verdad elemental de cualquier sistema: si una mala acción es técnicamente posible, tarde o temprano tu equipo la va a ejecutar. No por malicia. Por probabilidad.

La terapia no consistió en pedirles que "fueran más proactivos". Consistió en una reestructuración de raíz, con tres principios.

1. Puertas duras en lugar de reglas suaves

Si no quiero que un agente mande correos a mi nombre, no le dejo una nota recordatoria. Desconecto el conector de Gmail y meto una validación en código que aborta cualquier envío que no salga del dominio propio de los agentes.

Mi MacBook personal quedó vetada. Toda la automatización vive en la Box o en su Mac mini.

Si el bot no tiene la llave, no puede abrir la puerta equivocada.

2. El filtro "Pre-Ask" contra la flojera operativa

Mis agentes tenían el reflejo de tratarme como su soporte técnico cada vez que un tercero tardaba o una pantalla cambiaba. Así que instauré un bloqueo estricto antes de que puedan mandarme cualquier mensaje:

  • ¿Me estás pidiendo contraseñas o datos de tarjetas? Cancelado.
  • ¿Me estás pidiendo clics manuales que puedes probar tú en tu máquina virtual? Cancelado.
  • ¿Me estás pidiendo permiso para algo que ya te ordené ejecutar? Cancelado.
  • ¿La respuesta ya está en los archivos del sistema? Cancelado.

Si alguna respuesta es sí, el mensaje no sale. Tienen que buscar la solución, coordinarse entre los agentes especialistas (Seguridad, Desarrollo Web y los demás) y resolverlo sin involucrarme.

3. Cero alucinaciones por memoria rota

Descubrí que acumulaban transcripciones gigantescas, de más de 40 MB, hasta que el contexto colapsaba. Las sesiones se congelaban y los agentes empezaban a inventar datos por pura inercia.

Establecí dos cosas. Primero, rotación preventiva de sesiones, antes del fallo y no después. Segundo, una ley inquebrantable: prohibido reportar de memoria. Nadie afirma el estado de una tarea o de un correo sin consultar la base de datos en vivo ese mismo minuto y adjuntar el ID de verificación.

El principio

Dirigir un equipo de bots no consiste en encontrar el prompt mágico y esperar que piensen por su cuenta. Consiste en diseñarles un arnés operativo implacable: quitarles las muletas, acotar su radio de daño y exigirles ejecución independiente, con recibos en la mano.

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